Quisiera que murieras a un beso de mis labios,
amarte para siempre en un sin sentido de letras,
apagarme a pinceladas de sudor en tus manos,
desabrocharme a papel de cualquier intento de agravios.
La distancia es este abismo de encontrarnos a golpearnos contra suelo y paredes,
de entumecernos las piernas al contacto de dientes y marcas enardecientes.
Azotarnos a cada instante de apasionada locura de soles efervescentes,
tomarnos a sabiendas de no permanecer dormidos en silencio.
El dulce sentido de perderme entre tu arrebato,
de saborearme a beso cualquier lágrima que produzca de mis dedos,
amarrándote a mi latido entre sábanas,
llorando a saliva todo rasguño proveniente de tus brazos.
Quisiera que murieras a un beso salado de mis párpados,
ahogándote a placeres que has deseado en tus fantasías de antaño,
reservándote a mi callada silueta y temerosa nostalgia,
de no descarnarte a jirones de mi pelo.
Te me duermes a la caricia de mis labios a tu pecho,
acurrucarte a mi pecho para permanecer constante dormido a mi suelo.
Respiras de mí y de todo murmullo escapado de mi garganta durante la noche,
vivo de tu sentimiento a miradas penetrando a mis ojos en marejadas.
Me divierto, me envuelvo en tu asfixiante presencia que me atormenta y mata;
presencia que me aborda en la locura cegándome a toda escapada.
Me estás alimentando de tu saliva y pasiones desgarradas,
me encuentro soñando con tu inconcluso descanso tras la tormenta en sábanas.
Y quisiera que murieras a un beso,
morir al tocarte con mis dedos y desaparecerte de mi vacilante corazón sangrante,
tomarte a traición como tú me has venido enamorando a tu figura inconstante,
borrarte a la sangre que me has drenado al sufrirte y quererte tanto.
Quisiera que murieras a un beso para enterrarte a mi lado,
recoger de tus labios cualquier brote restante de vida que me permita caminar a tus pasos,
destruirte para tenerte en mi... sólo para mi,
murmurar a tu oído cuánto te he desado a mi almohada sin que tengas que partir...